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2013/09/09

Jatakas - Libro 1 EKANIPĀTA (No. 1. APAṆṆAKA-JĀTAKA)

No. 1. APAṆṆAKA-JĀTAKA.

Fuente español:http://btmar.org/files/file/apannaka_jataka_01.pdf
Fuente Ingles:http://www.sacred-texts.com/bud/j1/j1004.htm
Fuente imagen: http://jathakakatha.org/


Apa aka jataka (1).
Este jataka, de acuerdo con el comentario, estará entre los últimos que se olvidarán cuando el Dhamma desaparezca del mundo.
Mientras el Buddha residía en el Monasterio de Jeta, cerca de
Savatthi, el mercader adinerado, Anathapindika, fue un día a ofrecer sus respetos. Sus sirvientes cargaban ramos de flores y grandes cantidades de perfumes, ropas, hábitos y catumadhu (literalmente,cuatro cosas dulces, la mezcla de ghee, aceite, miel y azúcar, lo cual es admisible como medicina para miembros del Sangha por la tarde).
Anathapindika rindió homenaje al Buddha, presentó los ofrecimientos que había traído y se sentó en un lugar propicio (esto quiere decir que cuando uno se sienta junto a una persona respetada, uno no debería sentarse más alto que ella ni directamente frente a ella, ni atrás, ni muy lejos ni muy cerca). En ese tiempo Anathapindika estaba acompañado por quinientos amigos quienes eran seguidores de otros maestros. Sus amigos ofrecieron sus respetos al Buddha y se sentaron cerca del mercader. La cara del Buddha parecía como la
luna llena, y su cuerpo estaba rodeado por un aura brillante. Sentado en el asiento de piedra roja, Él estaba como un león joven rugiendo con una voz noble y clara mientras enseñaba el Dhamma, lleno de amabilidad y hermoso de escuchar.


Después de escuchar la enseñanza del Buddha, los quinientos
renunciaron a sus prácticas falsas y tomaron refugio en la Triple
Gema. Después de eso, fueron regularmente a ofrecer flores e
incienso y a escuchar la Enseñanza. Ellos dieron libremente,
practicaron los preceptos y observaron devocionalmente los días de Uposatha (en los cuales los laicos se reúnen a escuchar el Dhamma y observan ocho preceptos. En los días de luna llena o luna nueva la asamblea de bhikkhus recita las reglas de disciplina). Poco después el Buddha dejó Savatthi y regresó a Rajagaha; sin embargo, estos hombres abandonaron su nueva fe y regresaron a sus antiguas creencias.

Siete u ocho meses después, el Buddha regresó a Jeta. De nuevo,
Anathapindika trajo a sus amigos a visitar al Buddha. Ofrecieron sus respetos, pero Anathapindika explicó que ellos habían abandonado su refugio y habían reasumido sus prácticas originales.
El Buddha preguntó, “¿Es verdad que han abandonado el refugio en
la Triple Gema para refugiarse en otras doctrinas?”, la voz del Buddha era increíblemente clara ya que a través de incontables eones él siempre había hablado sinceramente (ya que mientras buscaba la Buddheidad el Bodhisatta podía romper todos los preceptos morales menos el de abstenerse de mentir).
Cuando estos hombres lo escucharon, fueron incapaces de ocultar la verdad. “Sí, Bendito,” ellos confesaron. “Ésa es la verdad.”
“Hombres laicos,” dijo el Buddha, “en ningún lugar entre los infiernos más bajos y los cielos más altos, en ningún lugar en los infinitos mundos extendidos a lo largo y ancho, hay un igual, mucho menos un superior al Buddha. Incalculable es la excelencia que trae el obedecer los preceptos y otras conductas virtuosas.”
Luego Él declaró las virtudes de la Triple Gema. “Por medio de tomar refugio en la Triple Gema,” les dijo, “uno escapa del renacimiento en estados de sufrimiento.” Luego les explicó que la meditación en la Triple Gema conduce a los cuatro estados de Iluminación.
“Abandonando un refugio como éste,” les
dijo, amonestándoles, “ciertamente han errado.”
En el pasado, también, hombres que tontamente confundieron lo que
no era un refugio con un refugio real, conocieron el desastre. En
realidad, ellos cayeron en el engaño de los yakkhas en tierras
salvajes y fueron completamente destruidos. En contraste, los
hombres que se adhirieron a la verdad no sólo sobrevivieron, sino
que prosperaron en la misma tierra salvaje.
Juntando sus manos y levantándolas de frente, Anathapindika elogió al Buddha y le pidió que contara la historia del pasado.
“Con el fin de disipar la ignorancia del mundo y para conquistar el sufrimiento,” el Buddha proclamó, “he practicado las diez
perfecciones por incontables eones. Escuchen con atención, y
hablaré.”

Teniendo su completa atención, el Buddha les aclaró la reconexión
desconocida para ellos, como si estuviera liberando a la luna llena cubierta de nubes.
Hace mucho, mucho tiempo, cuando Brahmadatta reinaba en
Baranasi, el Boddhisatta reconectó en una familia de mercaderes y
creció para convertirse en un hombre de negocios sabio. Al mismo
tiempo, en la misma ciudad, había otro mercader, uno muy tonto, sin ningún sentido común.
Un día pasó que estaban dos mercaderes, cada uno con quinientas
carretas cargadas con mercancías costosas de Baranasi y preparadas para salir en la misma dirección y al mismo tiempo. El mercader sabio pensó, “Si este joven ingenuo viaja conmigo y si nuestras mil carretas permanecen juntas, será demasiado para el camino.
Encontrar madera y agua será difícil para los hombres, y no habrá
suficiente pasto para los bueyes. Uno de los dos debe ir primero.”
“Mira,” le dijo al otro mercader, “no podemos viajar los dos juntos.
¿te gustaría más ir primero o salir después de mi?”
El mercader necio pensó, “habrá muchas ventajas si yo salgo
primero. Tendré un camino directo. Mis bueyes obtendrán la punta de los pastos. Mis hombres obtendrán las mejores hierbas para el curry.El agua no estará turbia. Lo mejor de todo es que podré poner mi propio precio para intercambiar mis mercancías.” Considerando todas estas ventajas, él dijo, “yo saldré primero que tú, amigo.”
El mercader sabio estuvo complacido al oír esto porque vio muchas
ventajas en salir después. Él razonó, “Aquellas carretas que irán
primero nivelarán el camino donde esté averiado, y así podré viajar por el camino arreglado por ellos. Sus bueyes pastarán la parte áspera y vieja de los pastos y los míos pastarán los pastos nuevos y tiernos que surgirán en su lugar. Mis hombres encontrarán hierbas tiernas para el curry donde las viejas hayan sido arrancadas. Donde no haya agua, la primera caravana tendrá que cavar para suplirse y yo podré beber de los pozos que ellos cavaron. Regatear los precios es un trabajo cansado, él hará el trabajo y yo podré intercambiar mis mercancías a los precios que él haya establecido.”
“Muy bien amigo, “ le dijo, “por favor ve primero.”
“Así haré,” dijo el mercader necio, preparó sus carretas y partió.


Después de un tiempo él llegó a los límites de tierra salvaje. Rellenó sus jarras gigantes de agua con agua fresca antes de atravesar las sesenta yojanas de caminata por el desierto.
El yakkha que cazaba en esa tierra salvaje había estado observando a la caravana y cuando los alcanzó a la mitad, usó sus poderes mágicos para hacer parecer un hermoso carruaje arrastrado sólo por toros jóvenes blancos. Con un séquito de una docena de yakkhas distinguidos cargando espadas y escudos, él cabalgaba sobre su carruaje como un señor importante. Su cabello y ropas estaban húmedos y tenía una corona de lirios acuáticos alrededor de su cabeza. También sus asistentes estaban chorreando y cubiertos con flores. Incluso las pezuñas de los toros y las llantas del carruaje estaban lodosas.
Debido a que el aire daba de frente, el mercader estaba al frente de la caravana para escapar del polvo. El yakkha llevó su carruaje a un lado del carruaje del mercader y lo saludó amablemente. El mercader regresó el saludo y llevó su coche a un lado para permitir que la caravana pasara mientras él conversaba con el yakkha.
“Estamos camino a Baranasi, señor,” explicó el mercader. “Veo que
sus hombres están mojados y llevan lodo, y que usted lleva lotos y lirios acuáticos. ¿Acaso llovió mientras estaban en el camino, acaso cruzaron por un estanque lleno de lotos y lirios acuáticos?”
“¿Qué quiere decir?” exclamó el yakkha, “por ahí mismo está la franja de verde oscuro de un bosque. Más allá de eso hay suficiente agua,siempre está lloviendo ahí y hay muchos lagos con lotos y lirios acuáticos.“ Pretendiendo estar interesado en el negocio del mercader,le preguntó “¿qué es lo que llevas en esas carretas?”“Mercancías costosas,” contestó el mercader.
“¿Qué es lo que hay en esa carreta que parece una carga tan
pesada?” preguntó el yakkha mientras pasaba la última carreta.
“Ésa está llena de agua.”
“Eres muy sabio por llevar agua contigo tan lejos, pero no hay
necesidad de ello, ya que hay agua en abundancia más adelante.
Podrías viajar mucho más rápido y ligero sin todas esas jarras
pesadas de agua. Sería mucho mejor que las rompieras y tiraras toda esa agua. Bueno, buen día,” dijo repentinamente mientras giraba su carruaje. “Debemos regresar a nuestro camino. Ya hemos parado mucho tiempo.” Y se retiró rápidamente con sus hombres, tan pronto como salieron de su vista, siguieron su camino.
El mercader era tan necio que siguió el consejo del yakkha. Rompió todas las jarras sin guardar siquiera una sola taza llena de agua y ordenó a sus hombres conducir rápidamente. Por supuesto no encontraron agua en lo absoluto y estaban muy exhaustos por la sed.Por la tarde llevaron sus carros en un círculo y ataron los bueyes a las ruedas pero no había agua para los animales cansados. Sin agua los hombres tampoco pudieron cocinar arroz. Se hundieron en la arena y cayeron dormidos. Tan pronto como cayó la noche, los yakkhas atacaron matando a cada hombre y bestia. Los demonios devoraron la carne dejando tan solo los huesos de los muertos. Había esqueletos regados en todas direcciones, pero las quinientas carretas se quedaron con todas sus mercancías sin ser tocadas. Así, el joven imprudente mercader fue la causa de la destrucción de toda la caravana.


El mercader sabio dejó pasar seis semanas después de que el
mercader necio partió con sus quinientas carretas. Cuando alcanzó el límite de la tierra salvaje, llenó sus jarras de agua. Luego reunió a sus hombres y les dijo, “No usen ni siquiera un puñado de agua sin mi permiso. Más aún, hay plantas venenosas en esta tierra salvaje.
No coman ninguna hoja, flor o fruto que no hayan comido antes, sin enseñármelo a mí antes.” Habiendo prevenido así a sus hombres, los guió hacia el desierto. Cuando alcanzaron la mitad de la tierra salvaje, el yakkha apareció en el camino justo como lo hizo antes. El mercader notó sus ojos rojos y sus modos intrépidos y sospechó algo extraño. “Yo sé que no hay agua en el desierto,” se dijo a sí mismo.
“De hecho estos extraños no proyectan sombra (los yakkhas no
proyectan sombra debido a que sus cuerpos son sólo una aparición
creada para que la gente los vea). Debe de ser un yakkha.
Probablemente engañó al mercader necio, pero no se ha dado cuenta
qué tan listo soy.”
“¡Fuera de aquí!” le gritó al yakkha. “Somos hombres de negocios. No tiramos nuestra agua sin antes ver de dónde surge más.”
Sin decir nada más, el yakkha los rodeó alejándose.
Tan pronto como los yakkhas se alejaron, los hombres del mercader
se acercaron a su líder y le dijeron, “Señor, esos hombres llevaban lotos y lirios acuáticos en sus cabezas. Sus cabellos y ropas estaban húmedos. Nos dijeron que más adelante había un gran bosque donde siempre está lloviendo. Tiremos nuestra agua para viajar más rápido con los carros ligeros.”
El mercader ordenó un alto y convocó a todos sus hombres. “¿Alguno de ustedes ha escuchado antes del día de hoy,” preguntó, “que hay un lago o una poza en esta tierra salvaje?”
“No señor,” le respondieron. 

“Se le conoce como el desierto sin agua.”
“Algunos extraños nos han dicho que hay lluvia en un bosque justo
más adelante. ¿Qué tan lejos se transporta el viento de lluvia?”
“Una yojana, señor.”
“¿Alguno de ustedes aquí, ha visto la punta de una sola nube de
tormenta?”
“No, señor.”
“¿Desde qué distancia se puede mirar un relámpago o un rayo?”
“Cuatro o cinco yojanas, señor.”
“¿Alguno de ustedes ha visto un rayo o un relámpago?”
“No, señor.”
“¿Desde qué distancia un hombre puede oír un trueno?”
“Desde dos o tres yojanas, señor.”
“¿Alguno de ustedes ha escuchado un trueno?”
“No, señor.”
“Esos no eran hombres, sino yakkhas,” el mercader sabio le dijo a
sus hombres. “Ellos estaban esperando que tiráramos nuestra agua.
Luego, cuando estuviéramos débiles y cayéramos, regresarían a
devorarnos. Debido a que el mercader más joven que pasó antes que
nosotros no era un hombre de buen sentido común, seguramente fue
engañado por los yakkhas. Podemos esperar encontrar sus carros
justo como los cargaron primero, probablemente los veamos hoy
mismo. Continúen a la velocidad posible,” les dijo a sus hombres,
“pero no arrojen ni una gota de agua.”
Justo como el mercader lo había previsto, su caravana pronto se
encontró con los quinientos carros, con los esqueletos de los hombres y los bueyes regados. Ordenó a sus hombres acomodar los carros en un círculo protegiendo a los bueyes y para preparar una comida ligera para ellos. Una vez que los animales y los hombres se habían recostado, el mercader junto con unos hombres espada en mano, guardaron vigilancia durante toda la noche.
En la mañana siguiente, temprano, el mercader remplazó los carros
más desgastados con los más fuertes y remplazó las mercancías
comunes por las más costosas de la mercancía abandonada. Cuando
llegaron a su destino, pudo intercambiar sus mercancías hasta por
tres veces su valor. Regresó a su propia ciudad sin perder a un solo hombre de su compañía.
Habiendo concluido su historia, el Buddha dijo, “Así fue, hombres de casa, como en el pasado el necio llegó a la destrucción completa,mientras que aquellos que se adhirieron a la verdad escaparon de las manos de los yakkhas. Ellos alcanzaron su destino y regresaron a sus hogares sanos y salvos. Apegarse a la verdad no sólo dota de felicidad llevando a reconectar en el cielo de Brahma, sino que también lleva al estado de Arahant. Siguiendo lo que no es verdad conduce a reconectar en los cuatro estados de menor condición para los humanos.” Después de enseñar el Dhamma, los quinientos discípulos alcanzaron el primer sendero de entrada en la corriente.
Luego, el Buddha identificó el nacimiento: “En ese tiempo, los
hombres de Devadatta eran los hombres del mercader necio y
Devadatta era el mercader necio. Mis seguidores eran los seguidores del mercader sabio y el mercader sabio era yo mismo.”




Referencia:
Jataka Tales of the Buddha, An Anthology volume I, Retold by Ken and Visakha
Kawasaki. Ed. Buddhist Publcation Society. p.1-7.

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